El águila que dejó sin palabras a todo un vecindario

El cachorro no estaba herido. De hecho, jugaba feliz, rodando y revolcándose con tres polluelos de águila. Movía la cola y los empujaba con el hocico como si fueran sus propios hermanos. La madre águila permanecía en el borde del nido, con las alas entreabiertas, pero tranquila y vigilante. No atacaba ni intentaba apartarlo. Era como si lo hubiera adoptado.

Los vecinos se quedaron inmóviles, sin poder creerlo, intercambiando miradas de incredulidad. ¿Cómo era posible algo así? El majestuoso ave dio una vuelta amplia sobre ellos, proyectando una gran sombra sobre el claro que los hizo levantar la vista al mismo tiempo. Algunos gritaron asombrados ante la escena inesperada; otros solo pudieron mirar en silencio, paralizados por la mezcla de miedo y fascinación. En ese momento llegó el biólogo local, el doctor Raymond Carter. Había escuchado la noticia del “rapto del águila” por la radio y acudió esperando una tragedia, no un milagro que nadie habría imaginado esa mañana.